Ella estaba sentada al sol, en la silla de paja que hay en el jardín, frente a la piscina. Llevaba puesto un albornoz blanco, esponjoso, suave. Su piel tostada se hacía más evidente por efecto del contraste y sus ojos, cerrados por los molestos rayos, transmitían la tranquilidad de un desierto.
Yo la miraba desde la corredera de cristal del salón y sonreía a cada pequeño movimiento que ella, con su dulce cuerpo, creaba. Me decidí a acercarme a ella, a llevarle una taza de café, a robarle un beso.
Abrí la puerta. Ella me miró y la mirada se sostuvo con una sonrisa dibujada hasta que me tuvo frente a su figura. Me agaché y le llevé a las manos lo que no me había pedido pero sabía que deseaba. Se echó para delante y me besó, en los labios, con un beso dulce, húmedo. Le quité la taza, la puse en el suelo, frente a la silla y la abracé, echándome sobre ella, con cuidado. La sostuve entre mis brazos como a una niña, como a un peluche de la infancia que nunca quieres soltar. Oí su risa, noté su mano acariciándome la cabeza, noté la presión de sus brazos sobre mi espalda, y de nuevo su risa, esta vez transformada en carcajada. Y cuando habló sentí su voz introduciéndose por mi oído y alcanzando cada rincón de mi cuerpo, cada órgano, cada músculo, cada nervio. Su voz firme, su voz amable, su perfecta dicción y los perfectos labios que las defendían. Cuando me separé un poco de ella, me miró a los ojos y traduje en mi mirada un te quiero. Cuando con mis manos sostuve su carita y acerqué, de nuevo, mis labios a los suyos mi cuerpo reaccionó irguiéndose. La seguí besando, por el pómulo, por la frente, por la oreja y por el cuello. Ella se dejaba, cerrando los ojos y apoyando su cuerpo en el mío. Su cabeza en mi hombro mientras colonicé su cuello. Mis manos bailaban por sus brazos, caminaban por su pecho, aún tapado y palpaban el tacto del pelo, del olor. Mi boca bajó hacia su pecho mientras mis dedos facilitaban el acceso. El albornoz empezaba a dejar entrever su cuerpo desnudo bajo su refugio, sus pechos al aire dotados de una sensualidad exquisita, su espalda dorándose al sol mientras mi boca jugaba con sus pechos, mientras sus manos desnudaban al son del viento mi cuerpo, mientras yo la levantaba y cuidadosamente la recostaba en la hierba fresca. Mi cabeza guiada por sus manos, mi destreza desnudándola en cuerpo y alma bajo la luz de julio. Su habilidad para excitarme, su habilidad para hacer que mi corazón corriese en segundos millas y su sabiduría, la de las dos, para hacernos llegar al clímax, al baño de sentidos, al baño de sabores. De su cuerpo, del mío, de sus pechos, de mi espalda, de sus mulos y los míos, de sus manos, de sus besos, de nuestros besos y de su sexo. Y como el oxígeno recorre el jardín nuestros cuerpos danzaron sin más música que nuestros gemidos por el agua derretida de la noche lluviosa y la tierra fue testigo de la exaltación, de la ternura, de la sensualidad, de la sexualidad, de la pasión, y del amor.
Y su boca, exhausta, gimió por el tiempo cuando mi cabeza volvió a sumergirse en las saladas aguas de su creación.
El café desapareció, la silla se unió, como nosotras, a la hierba, el sol permaneció con nosotras y sus carcajadas, mezcladas, ahora sí, con las mías, siguieron por siempre, en mi memoria y en la de la tierra.
Yo la miraba desde la corredera de cristal del salón y sonreía a cada pequeño movimiento que ella, con su dulce cuerpo, creaba. Me decidí a acercarme a ella, a llevarle una taza de café, a robarle un beso.
Abrí la puerta. Ella me miró y la mirada se sostuvo con una sonrisa dibujada hasta que me tuvo frente a su figura. Me agaché y le llevé a las manos lo que no me había pedido pero sabía que deseaba. Se echó para delante y me besó, en los labios, con un beso dulce, húmedo. Le quité la taza, la puse en el suelo, frente a la silla y la abracé, echándome sobre ella, con cuidado. La sostuve entre mis brazos como a una niña, como a un peluche de la infancia que nunca quieres soltar. Oí su risa, noté su mano acariciándome la cabeza, noté la presión de sus brazos sobre mi espalda, y de nuevo su risa, esta vez transformada en carcajada. Y cuando habló sentí su voz introduciéndose por mi oído y alcanzando cada rincón de mi cuerpo, cada órgano, cada músculo, cada nervio. Su voz firme, su voz amable, su perfecta dicción y los perfectos labios que las defendían. Cuando me separé un poco de ella, me miró a los ojos y traduje en mi mirada un te quiero. Cuando con mis manos sostuve su carita y acerqué, de nuevo, mis labios a los suyos mi cuerpo reaccionó irguiéndose. La seguí besando, por el pómulo, por la frente, por la oreja y por el cuello. Ella se dejaba, cerrando los ojos y apoyando su cuerpo en el mío. Su cabeza en mi hombro mientras colonicé su cuello. Mis manos bailaban por sus brazos, caminaban por su pecho, aún tapado y palpaban el tacto del pelo, del olor. Mi boca bajó hacia su pecho mientras mis dedos facilitaban el acceso. El albornoz empezaba a dejar entrever su cuerpo desnudo bajo su refugio, sus pechos al aire dotados de una sensualidad exquisita, su espalda dorándose al sol mientras mi boca jugaba con sus pechos, mientras sus manos desnudaban al son del viento mi cuerpo, mientras yo la levantaba y cuidadosamente la recostaba en la hierba fresca. Mi cabeza guiada por sus manos, mi destreza desnudándola en cuerpo y alma bajo la luz de julio. Su habilidad para excitarme, su habilidad para hacer que mi corazón corriese en segundos millas y su sabiduría, la de las dos, para hacernos llegar al clímax, al baño de sentidos, al baño de sabores. De su cuerpo, del mío, de sus pechos, de mi espalda, de sus mulos y los míos, de sus manos, de sus besos, de nuestros besos y de su sexo. Y como el oxígeno recorre el jardín nuestros cuerpos danzaron sin más música que nuestros gemidos por el agua derretida de la noche lluviosa y la tierra fue testigo de la exaltación, de la ternura, de la sensualidad, de la sexualidad, de la pasión, y del amor.
Y su boca, exhausta, gimió por el tiempo cuando mi cabeza volvió a sumergirse en las saladas aguas de su creación.
El café desapareció, la silla se unió, como nosotras, a la hierba, el sol permaneció con nosotras y sus carcajadas, mezcladas, ahora sí, con las mías, siguieron por siempre, en mi memoria y en la de la tierra.

2 comments:
Je! Lo logre..que felicidad!!
(lo imprime y lo lee en bondi! o llego tarde al recital de catupecu)
Muá
Oleee le le olaaa la la si no publicas, la inchada te va a matar!!
Daaaaleeee!
Besotes.
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