10 August 2006

0.42

Cuando descubres, por fin, cuáles son los motivos por los que no puedes estudiar, ni concentrarte, ni dejar de pensar en ese “algo” concreto, te das cuenta, de repente, que ya no lo estás pensando, porque tienes la mente ocupada en otra cosa. Pero a esta otra cosa que por minutos o tal vez horas acecha tu cabeza acabas encontrándole relación con ese “algo”, mejor dicho, “alguien” que te desconcentra. Sus entradas, sus emails, sus palabras y sus rechazos, sus cambios, su música, su presencia o su no presencia, sus alegrías y sus tristezas, sus faltas, sus reproches y sus… Muchas cosas más.

Cuando no la quieres pensar sabes que la estás pensando. Cuando te das cuenta que hace tiempo (y por tiempo me refiero a minutos) no la piensas, se acabó, la has vuelto ha pensar. Y cuando la piensas sabes que la estás pensando. ¿Qué salida queda?

Hoy por primera vez desde hace muchos días, más en concreto desde que recibí ese mail, me he podido concentrar, he podido estudiar y por lo tanto he podido seguir una promesa, que tal vez ya no tenga importancia (no al menos tanta como la tenía antes y por lo que esa promesa significaba) pero para mí la tiene, pues siempre las cumplo, me lleve el tiempo que me lleve. Me ha llevado varios días centrarme. No hay ninguna culpable, más bien son las circunstancias que viví las que me desordenaron la cabeza a su gusto y deseo. O bueno, sí, hay una culpable; yo. Pero ese es otro tema que aún duele y que por máximo respeto a la otra parte no voy a hacer público. Una mujer no tropieza jamás con la misma piedra que la tiró al suelo una primera vez.


Así que ahora me encuentro en mi habitación, con tres diccionarios en frente mío; francés, inglés y español, con tres libros; dos de francés y uno de inglés y con un tocho de fotocopias de literatura. Y me gusta, y me siento bien. Es como volver a sentirme un poco inteligente…

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