Alguien dijo una vez en un libro; “No echamos de menos a las personas que amamos. Lo que echamos de menos es la parte de nosotros que se llevan con ellas.”
He de decir que yo no. ¿Cómo voy a echar de menos cómo soy cuando estoy enamorada de esa persona y la tengo delante? Me vuelvo idiota, babosa, sin reflejos, sin palabras, me quedo extasiada y sonrío ante la imbecilidad más grande que una boca suelte. No paro de mirar a esa persona, igual que una vaca mira a un tren pasar, digo cualquier estupidez y el resto del mundo me deja de importar. Me vuelvo sensible y caprichosa. Lloro y río con la misma facilidad que toco o rozo “accidentalmente” el cuerpo de la amada. Cuando no está miro el teléfono por si llama, como si mirándolo se obrase el milagro. Y sino llamo yo. Y eso que odio hablar por teléfono… No puedo concentrarme en nada. Escribo sin querer el nombre de la susodicha allá donde halla un papel, una pared o un trozo de cuerpo. Veo su cara en todo el mundo. Me atormento con celos y dudas y me vuelvo insoportable si ella no está. Y si está la colmo de caricias, de besitos, de abrazos y agoto todo mi dinero en pagarle todo, por amable o por estar estúpidamente enamorada. Entro en trance y dejo de existir para el resto del mundo, especialmente para mis amigos.
Pero, en el fondo, debo reconocer que sí echo de menos estar así, porque eso significa importarle a alguien, tener a esa personita especial que sabes te va a escuchar, ayudar y colmarte de besos siempre que lo necesites. Y al mismo tiempo tú eres especial para alguien. Y eso es increíble.
Echo de menos lo que ella se llevó y no que se llevase mis tonterías sino que se llevase lo que las dos juntas significábamos.
Lo que echamos de menos es la parte de nosotros que se llevan con ellas. Sí, puede que sí, porque no sé si la recuperaré.
No echamos de menos a las personas que amamos. Yo sí. Yo *** sí que te echo de menos.
He de decir que yo no. ¿Cómo voy a echar de menos cómo soy cuando estoy enamorada de esa persona y la tengo delante? Me vuelvo idiota, babosa, sin reflejos, sin palabras, me quedo extasiada y sonrío ante la imbecilidad más grande que una boca suelte. No paro de mirar a esa persona, igual que una vaca mira a un tren pasar, digo cualquier estupidez y el resto del mundo me deja de importar. Me vuelvo sensible y caprichosa. Lloro y río con la misma facilidad que toco o rozo “accidentalmente” el cuerpo de la amada. Cuando no está miro el teléfono por si llama, como si mirándolo se obrase el milagro. Y sino llamo yo. Y eso que odio hablar por teléfono… No puedo concentrarme en nada. Escribo sin querer el nombre de la susodicha allá donde halla un papel, una pared o un trozo de cuerpo. Veo su cara en todo el mundo. Me atormento con celos y dudas y me vuelvo insoportable si ella no está. Y si está la colmo de caricias, de besitos, de abrazos y agoto todo mi dinero en pagarle todo, por amable o por estar estúpidamente enamorada. Entro en trance y dejo de existir para el resto del mundo, especialmente para mis amigos.
Pero, en el fondo, debo reconocer que sí echo de menos estar así, porque eso significa importarle a alguien, tener a esa personita especial que sabes te va a escuchar, ayudar y colmarte de besos siempre que lo necesites. Y al mismo tiempo tú eres especial para alguien. Y eso es increíble.
Echo de menos lo que ella se llevó y no que se llevase mis tonterías sino que se llevase lo que las dos juntas significábamos.
Lo que echamos de menos es la parte de nosotros que se llevan con ellas. Sí, puede que sí, porque no sé si la recuperaré.
No echamos de menos a las personas que amamos. Yo sí. Yo *** sí que te echo de menos.

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